Cuentos de Noviembre
El Día de Muertos en México es afamado por su colorido, su belleza, su alegría, su ambiente de regocijo, y por ser tan típico de un país que parece festejar todo, incluso la muerte. Sin embargo, la celebración actual podría ser tan auténtica como moneda de dos pesos.
Lo que la gente ve hoy como una diversión folklórica, tradicional, étnica, nacional o qué sé yo, tiene raíces profundas y antiguas, pero no por eso simples y claras.
Digamos, para comenzar, que el día de muertos no es exclusivo de México ni de los países hispanohablantes. Tampoco es característico del catolicismo, ni del cristianismo. Quien quiera profundizar en las corrientes culturales que dieron origen a esta celebración que sentimos tan arraigada y nuestra podrá comprobar con sus propias facultades que este día no se celebra igual en todas partes, y que las tradiciones no son permanentes y puras, ni explicables, racionales o lógicas, sino más bien recogen e incorporan en sus núcleos pedacitos de las vidas que las reciben, contienen y transmiten. Las tradiciones son la acreción creciente de siglos de pensamientos, acciones, sentimientos, recuerdos, deseos, mitologías, eventos geográficos y políticos, y en última instancia, el producto de un amor inexhaustible que se extiende desde nuestra propia mortalidad hacia el deseo de permanencia de nuestros orígenes y de nosotros mismos. Porque repetir una conducta es una forma de asegurar su perpetua repetición.
La tradición del Día de Muertos en México es todo eso y más. Dilucidemos un poco.
Durante el virreinato español en México, los pueblos originales absorbieron, a fuerza de embates doctrinales, las tradiciones católicas del Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el Día de los Fieles Difuntos (2 de noviembre). Esta implantación, quizá menos ardua que la de un poder político extranjero, fue también quizá lo menos malo de la institución de la encomienda, un método de explotación en el que los europeos se asignaron el derecho arbitrario de recibir tributo y trabajo de los indígenas, a cambio de protección y evangelización. Escritos de la época reportan la sorpresa de los frailes ante el fervor con que los “indios” celebraban estos días. La explicación de esta devoción es sencilla: desde tiempos prehistóricos, los pueblos del “nuevo mundo” ya rendían culto a los antepasados.
Se puede suponer que los rituales ancestrales eran tan distintos como distintas eran las culturas que habitaban Mesoamérica, una región que además del centro y sur de México incluye Belice, Guatemala, El Salvador, y partes de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. En la cultura mexica en particular había cuatro períodos de veinte días (veintenas) de celebraciones funerarias, los dos primeros entre agosto y septiembre, los otros dos entre octubre y diciembre. Durante estas veintenas se celebraban sucesivamente los niños muertos; los guerreros muertos; los cerros, sus moradores y los ahogados; y finalmente el envejecimiento. En esta última veintena, que coincidía con el fin del año solar, se rendía culto a los adultos fallecidos de muerte natural, y se colocaba comida frente a un simulacro de madera con vestidos del difunto.
Los ritos funerarios cristianos permearon la imaginación indígena como el agua a la tierra suelta. Los mismos frailes que admiraban aquella devoción también reportan la exasperante costumbre mexica de ofrendar comida a los muertos, práctica que persistía y persiste pese a la sistemática censura histórica.
Si bien los Mexicas eran el grupo más poderoso e imperaban sobre sus vecinos a la llegada de los europeos, hay que insistir que otras culturas, anteriores y contemporáneas, con usanzas y costumbres propias y distintas, florecieron en diferentes regiones del México actual. Con la formación gradual de una identidad nacional y el intercambio cultural entre las regiones conglomeradas, a la par y en pugna con la enorme proyección católica, algunas prácticas se hicieron más usuales, entre ellas la costumbre familiar de erigir en las casas altares con flores y ornamentos, iluminados con velas y veladoras, exhibiendo cuando es posible las pertenencias, comidas y bebidas preferidas de los difuntos, y en épocas modernas, sus fotografías. Pero aún hoy existen diferencias en las ceremonias y comidas tradicionales de cada región.
En algunos sitios, además de adornar con flores y luces las tumbas, la gente come y bebe en el cementerio, compartiendo así la mesa con sus venerados ausentes. La música y los rezos conviven sin estorbarse. En otros lugares, las familias se reúnen con sencillez a comer, departir y recordar sobre la mesa de siempre.
En los años que vivimos se organizan procesiones multitudinarias de Día de Muertos, con esqueletos, catrinas, brujas y otros entes insólitos deambulando por las calles, remedando de mala manera las sutiles visitas de los finados. Estas marchas festivas cada vez más populares son un producto nuevo, surgido de la influencia del Halloween y el instinto comercial de hurtar costumbres ancestrales estampándolas con un sello turístico. Para ser claros, la idea de los muertos regresando en ciertas fechas para compartir y departir con los vivos, y la tradición de brujas, hadas y otras entidades andando sueltos por esos mismos días, son creencias atávicas de comarcas rurales de Europa, mismas a las que se intentó cristianizar con la institución del Día de todos los Santos. Sin embargo, estas tradiciones se filtraron por los canales clandestinos de la tradición para dar origen al muy mercantil Halloween gringo, que ha devenido en no más que un carnaval de disfraces. Por su parte, la calavera catrina nació apenas a principios del siglo XX, una creación del mexicano Posada, quien usaba ilustraciones de calaveras y esqueletos en actividades cotidianas como comentario cultural y político. Pero volvamos al tema.
La celebración del Día de Muertos va más allá del recuerdo triste de aquellos que perdimos y añoramos. Es una mezcla a partes desiguales de alegría legítima y nostalgia incurable. La gente asevera, y espera con fervor, la visita de sus muertos, y las emociones se agitan en un amplio rango que refleja cuan reciente es el deceso y cuánto amor sembraron los ausentes. Bien observadas, las preparaciones y las ceremonias son ejercicios de la memoria que nos permiten evocar de forma selecta los buenos momentos y embutir en un costal de olvido aquellos menos gratos. Es de notar que con los años, todos los difuntos, aún los más sinvergüenzas, adquieren la estatura de santos, beatos, venerables, o cuando menos de pérdida irreparable, porque no hay más que hacer, y las lágrimas de pena son reemplazadas poco a poco por sonrisas: reposadas algunas, cuando pensamos en “ellos”, sublimes otras, cuando construimos la esperanza de verlos de nuevo, y tiernas las más, cuando recibimos a los vivos que vienen a recordar con nosotros…
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En el área Maya peninsular, las ceremonias de “los finados” son solemnes y se celebran del 31 de octubre al 2 de noviembre, con visitas al cementerio para limpiar, pintar y adornar las tumbas (el rasgo humano fundamental), rezos y novenas frente a la “mesa de los santos” para ayudar a las ánimas a salir del purgatorio (la médula católica), dulces y comidas que se preparan sólo en esos días y cuyas primicias se ofrendan sobre la mesa del altar (la raíz prehispánica).
En algunas casas, para guiar a las ánimas se esparcen desde la calle hasta el altar, pétalos de cempasúchil, esas flores color azafrán de aroma intenso y embriagante. Con la misma intención se colocan veladoras desde el cementerio hasta la entrada del pueblo.
Principal entre los platillos de esos días son los pibipollos (p’ibes), grandes tamales redondos de carne de gallina guisada con achiote, y envueltos en hojas de plátano que se cuecen enterrados en un horno rudimentario de piedras calentadas al rojo blanco. Las facilidades de la modernidad permiten que los p’ibes se cuezan en el horno del panadero local o en estufas caseras. Los bocados siguen siendo igual de sabrosos.
Junto con los p’ibes, se ponen en la mesa vasos de agua fresca, potes de oloroso café, tazas de humeante chocolate, refrescos dulces, cervezas amargas, licores fuertes. Puede haber otros platillos de res, gallina o cerdo, y además tortillas, panes azucarados y salados, frutas de temporada, una gran variedad de postres dulces (de coco blanco o quemado, de camote, de papaya verde, de ciricote (Cordia dodecandra), de ciruela, de cocoyol, de calabaza, de pepitas de calabaza, de cacahuate, manjar de arroz con leche, mazapanes, chocolates y caramelos), y como símbolo básico irremplazable de purificación y protección, y también de la hospitalidad, la alimentación y la vida, un recipiente de sal.
El altar y las ofrendas se adornan con gran cantidad de flores, cada vez más mustias ante las calientes flamas de los cirios. Los aromas de cera, incienso y flores se mezclan con el murmullo de pláticas y oraciones, formando un ambiente místico que ayuda a creer en presencias invisibles y en un amor que se extiende como puente entre el pasado y el hoy.
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Cuando éramos niños, dos cosas volvían estas celebraciones menos sobrias y las convertían en un tiempo fascinante. La primera era la esperada reunión familiar en casa de los mayores, en el caso nuestro, la de la bisabuela del clan. Para los adultos, aquel encuentro era ocasión de volver a ver a los conocidos, recordar episodios de infancia, refrescarse con variadas bebidas entre el entierro de los p’ibes y los rezos, y de paso crear más recuerdos. Para nosotros los chiquilines era muchas veces la primera oportunidad de conocer y tratar a primos que vivían en lugares lejanos, cuyas familias rara vez regresaban al viejo pueblo. Esos días eran así un reencuentro con nuestras raíces y un enredo de ramas nueva.
Reunida la gente, iniciaba un interminable comer por turnos y contar historias. Y esta era la segunda cosa que hacía todo más interesante y memorable, porque además de las historias familiares (tragedias, comedias, chistes, chismes y farsas), estaban los cuentos típicos de la temporada, cuentos de difuntos que las abuelas severas o burlonas, los primos grandes y las tías socarronas contaban de noche, y que a los niños nos dejaban embelesados, con los ojos llenos de susto. Después de las sesiones de cuentos nos íbamos a dormir a nuestras hamacas o camas envueltos como tamalitos en sábanas “protectoras”, dejando fuera apenas la punta de la nariz para respirar, como tortuguitas tímidas, disfrutando con un temblor en la piel aquel delicioso miedo. Era algo así como sentarse en una loza fría: escalofriante y exquisito. En las calles, el viento frío cuchicheaba consigo mismo comentando la ausencia de gente. Y pensábamos, “¿será que los muertos en verdad vienen de noche a espantar o castigar a la gente traviesa?”
Entre los cuentos que se repetían, estaba aquel del joven conquistador que sale del baile con una linda desconocida, sonriente, delicada, pálida, y la acompaña hasta la reja de su casa; ella se despide con la extraña promesa de que la vería de nuevo hasta el año siguiente, desaparece en la oscuridad, y entonces el joven se da cuenta de que está frente a la reja del cementerio.
Estaba también el del curioso incorregible que quiere ver lo que los perros aullantes perciben en esos días de misterio, y decide, no sé por qué, untarse en los ojos las legañas de su mascota; esa noche, el incorregible y ocioso tipo mira por la ventana una procesión de gente vestida de blanco portando enormes velas y cantando, en toda apariencia, parte de las ceremonias de esos días; alguien de la procesión, una anciana con una sonriente cara de pícara se acerca y le pide el favor de guardarle una vela para la noche siguiente, y al amanecer, la vela no es otra cosa que un viejo fémur amarillo.
Me seducía aquel del incrédulo que, para ver si los difuntos venían a comer la comida ofrendada, esparce talco en el piso frente al altar de muertos, y a la mañana siguiente encuentra huellas de pies descalzos de diferentes tamaños, todos de niños, entre la puerta de la calle y la mesa de los santos. Era la noche de los pequeños, que se celebra del treintaiuno de octubre al primero de noviembre, y aquellas serían las huellas de tiernas ánimas; pero yo siempre me preguntaba cómo es que los espíritus dejaban huellas, e imaginaba que los vecinitos habrían entrado a llevarse los dulces. Siendo así de incrédulo, alguna vez pregunté a mi bisabuela (ya mayor de noventa) cómo es que la comida aparecía intacta, excepto por una leve resequedad en la superficie de los platos de vianda y los dulces, y ella me explicó que “las ánimas sólo comen la gracia de los alimentos”, pero que éstos después no saben igual.
También era infaltable el cuento de la llorona, que por siempre pena buscando a sus hijos, a quienes ella misma ahogó. Y el de la X’tabay, una bellísima mujer que adopta la apariencia de una amada conocida, y se peina el largo cabello negro junto a un viejo árbol de ceiba en espera de su víctima: el joven apuesto, presumido o ebrio, a quien hará perderse en una cueva lejana, en un cenote oculto, o en una nopalera.
Recuerdo un relato donde un borracho no podía llegar a su casa en una noche oscura, porque cada vez que intentaba avanzar, algo lo empujaba hacia atrás haciéndole caer, mientras oía el bufido de un caballo. Aún otro donde unos cazadores pierden el camino y se quedan a dormir en la selva cerrada sobre unas piedras muy lisas, y uno de ellos palpa una piedra redonda junto a él; a la mañana siguiente, las piedras lisas resultan ser lápidas y la redonda un cráneo escapado de las tumbas, para siempre calladas, del cementerio de una hacienda en ruinas. Y también el de otro borrachito, un carnicero o matador que ha sacrificado miles de reses en su oficio, quien va caminando por la oscuridad de sus cuitas y la noche cerrada, escuchando una y otra vez un ruido como una cola de vaca cayendo en frente de su camino y el traqueteo de unos pasos lentos detrás suyo; al final, al voltearse, ve a un ente alto, en dos patas, rumiante y cornudo que le envuelve en su mirada y le dice “soy el señor y el dueño de las vacas”. Este relato siempre me estremecía, porque no parecía tener razón de ser.
En mi familia existe la anécdota de una noche cuando, poco después de acostarse, en casa de mi abuelo, en la de mis padres y en las de dos de mis tíos, se oyó que alguien destapaba las ollas de comida en la cocina, como revisando el guiso. Yo no escuché nada, porque en esos minutos iba por la calle caminando a casa. A la mañana siguiente avisaron que el hermano de mi bisabuela había fallecido la noche anterior. Cuando fueron a dar cuenta a la bisabuela, antes de escuchar una palabra ella les dijo “ya lo sé, mi hermano me avisó, él vino a visitarnos anoche”. Existe la creencia de que en su agonía, la gente “recoge sus pasos” de todos los sitios que visitaron en vida, y algunos afortunados ¿o desafortunados? pueden oírlos.
Se decía también que, mucho tiempo atrás, esta misma bisabuela era atormentada por el alma de su difunto esposo, fallecido un año antes, y que se le oía por las noches, dormida, preguntar “¿Qué quieres Adolfo? ¿Qué buscas, señor? ¿Qué dejaste sin hacer?” La bisabuela despertaba con moretones visibles en los brazos y las pantorrillas. Las visitas del bisabuelo no cesaron hasta que una mañana ella escarbó, con sus manos y un pico oxidado, un agujero en mitad del patio seco de tierra dura y pedregosa, extrayendo una tinajita amarilla de barro cocido, sellada con cera negra de abeja y llena de monedas de oro. No sé qué pasó después, porque a mí no me llegó ni quinto ni centavo. Lo que sí vi alguna vez fue la famosa tinajita. ¡Qué buen recuerdo sería!
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Lo anterior es una imagen sucinta de aquel pueblecito de mis sueños durante el Día de Muertos. Pronto supe que mi complexión mental era apta para apreciar los valores de la familia, la tradición y los ritos, pero no para apropiar ciertas creencias, ni mantener esa tradición y esos ritos. Quiero decir, desde que mi razón se prestó a ser usada, soy un incrédulo. Sin embargo, algo sucedido en esas trascendentes fechas de “Los Finados” quedó en mi memoria sin explicación lógica. Podríamos decir que fue un error de observación, quizá argüir que mis datos fueron incompletos, pero el asunto nunca dejó de parecerme inusual.
En esa ocasión, por causas que nunca supe, primos cercanos, lejanos y muy lejanos de unas quince familias distintas nos habíamos reunido donde la bisabuela, aquella de las monedas de oro. Llegaron todos con alegría, y de acuerdo con el principio físico de que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio, la venerable casa antigua rebosaba de gente. Aquellos entre cinco y diecisiete años éramos unos veinticinco primos (lo juro), los mayorcitos ya nos conocíamos, y los más pequeños, lindas ternuritas, iban de brazo en brazo. Eran ya las nueve de la noche, y las nutridas conversaciones cruzadas, jubilosas, enérgicas, de los pocos pero ruidosos adultos, no paraban. Los chavales más grandecitos nos miramos a la cara pensando “bueno, ¿y nosotros qué?”
Alguien, que no fui yo, dijo que había una pequeña feria con juegos mecánicos en la explanada frente a la iglesia. “Pues vamos a la feria”, dijo otro, esta vez quizá yo. Y allá fuimos, una procesión de niños y jovenzuelos locos por la calle principal, serena y vacía excepto por nosotros, hacia el centro del pueblo.
La feria estaba cerrada, sus luces apagadas, y los juegos mecánicos quietos como ruinas bajo los rayos lunares. Nada extraño, pues durante aquellos días muy poca gente salía a “divertirse”, y era probable que quienes manejaban la feria dieron todo por mal negocio, retirándose a dormir.
De nuevo, los mayores nos miramos a las caras. ¿Qué les decimos a los peques que nos siguieron con la promesa de subirse a la rueda de la fortuna? ¿Cómo puede uno justificarse ante su severa ingenuidad? Bueno, pues había que intentar algo. ¿Cuánto tiempo estarían dormidos los dueños de la feria? Me imaginé que largo tiempo, si la gente se quedó en sus casas desde temprano y la feria se halló vacía. ¿Qué habrán pensado cuando escucharon los golpecitos porfiados de una moneda en la reja de hierro? Un minuto después alguien medio descamisado salió de una carpa a atendernos.
- Buenas noches, dije.
- Buenas, contestó bostezando el hombre flaco.
- Oiga, este, ... ¿podría abrir los juegos, al menos por un ratito? Mis primitos tienen mucha ilusión, y se van de aquí mañana (Esto era una mentirita que sentí justificada).
Después de una corta pausa, quizá para terminar de despertar, el hombre inquirió,
- ¿Cuántos son?
- Mmm…, somos más de veinte.
Rascándose el cuello, el hombre pensó por un instante y dijo, “Bueno, pero, … sólo por un rato, y todos pagan”.
¡Y se abrió la pequeña feria!
Las luces se encendieron. Los carritos chocones, las canastas volantes, y sobre todo la rueda de la fortuna, se llenaron de primos. Perdiendo noción del tiempo, fuimos felices de juego en juego. El hombre que nos atendía, pese a su reticencia inicial, estaba muy contento y nos mantuvo en cada juego más tiempo de lo usual. Por supuesto, también tenía un plan: de repente, el aroma de “hotcakes” nos arrastró por las narices, y todos fuimos a paladear las delicadas delicias untadas de mantequilla y rociadas de miel, chocolate o cajeta.
En el silencio del pueblo era imposible pasar desapercibidos. Cuando casi recorrimos todos los juegos y nos atragantamos de pan caliente, eran ya cerca de las once de la noche, y vimos de pronto a un grupo de niños graciosos, con grandes ojos indagadores, rodear la feria. Algunos lucían hermosas ropas pasadas de moda, otros las blancas y sencillas prendas de la región. “Éstos ya están con aquello de los disfraces del jalouín”, pensé. Sin duda la algarabía los había atraído. Vi como empezaron a sonreír unos a otros, y algunos nos miraron como si nos conocieran. En seguida, los recién llegados comenzaron a entrar a la feria.
Pasadas las once de la noche, adormilados, satisfechos, agradecimos la amabilidad del hombre de la feria, nos despedimos y partimos a nuestras casas con la promesa de vernos pronto de nuevo. Esa noche dormí con la euforia de haber propiciado aquella complicidad entre primos, y sobre todo complacido de haber halagado a los más pequeños.
¡Ay, la que me esperaba al día siguiente!
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Eran apenas las siete de la mañana, cuando fui a la cocina por el café. Mi bisabuela, de seguro en pie desde las cinco, estaba calentando unas tortillas y no había nadie más despierto. “Todos crudos” (perdón, cansados), pensé. Me sorprendí de verla seria, cuando ella siempre me sonreía. Me acerqué a abrazarla y darle un beso como siempre, y ¡was, was!, un par de cachetadas de sus manos huesudas me cogió de sorpresa. En seguida, esas mismas manos me dieron de sopapos en los cachetes de abajo.
A sus años, mi bisabuela no tenía la fuerza que debió tener en su edad madura, ni la intención de azotarme en serio. Lo que me hizo enrojecer y abrir la boca con asombro, y sentir mis ojos empujando lágrimas fue el enojo aparente de quien yo adoraba con inmensa ternura.
“¡Ay, Chiich, ¿por qué me pegas?!”, pregunté. (En lengua Maya, chiich significa abuela).
- ¡Hueputita, te llevaste a los niños anoche!
- Abuelita, yo no me los llevé, sus hermanos mayores estaban con ellos.
- ¡No estoy hablando de ellos! ¡Te digo que Los Niños, … Los Niños no vinieron a comer!
- Mamita, pero si ya todos habían comido. Ya se iban a sus casas cuando mis primos y yo los llevamos a la feria. Además, allá todos comimos “hotcakes”.
- Eso es lo que me dicen los vecinos, ¡hasta las tres de la mañana estaba andando la feria!
- No, no, no, Abue, nosotros nos regresamos antes de las once (otra mentirita).
Mi bisabuela tomo aire como pidiendo paciencia.
- ¡Siéntate! ¡Cabroncito, …!
Y dirigiéndose a la estufa me sirvió unos huevos fritos revueltos con tomate que olían a gloria y sabían tal cual, unas tortillas más bien requemadas por las orillas, porque mi Abue se había descuidado dándome una chinga, y un café con leche con tantita azúcar, tal como a mí me gusta. Ella me quería mucho también. Sirviéndose de su guiso en un plato muy pequeño y su café dulcísimo en un tazón enorme, se sentó a la mesa, y después de unos bocados, se dirigió de nuevo a mí con un abatimiento visible.
- Tilo, oye bien lo que te voy a decir. No puedes distraer a Los Niños, que vienen una vez al año.
- Lo sé, Mamita, ayer conocí a los más pequeños ... ¿Pero por qué no los puedo distraer?
- ¡Cállate y escucha! … Cada año nos preparamos para recibir a los nuestros que se han ido. Pero los que murieron pronto, aún son niños, ¡coñito!, piénsalo. Se distraen con cualquier cosa. Anoche, cabroncito de siete suelas, no dejaste que vinieran a comer las ofrendas…,
- ¿…?
- … ¡las ofrendas!, que hoy saben igual que ayer, cuando las pusimos. Los dulces, tan frescos como ayer. Ni las velas se gastaron. Los llamaste, los distrajiste con tus luces de feria.
- …
- Esperaba recibir a mi bebé, que se fue antes de cumplir dos años.
Esto me dejó quieto y mudo con una cucharada de huevo frito en la boca. Además de mi bisabuela, conocí a dos hermanas, un hermano, y dos cuñadas suyas, todos ancianos. Y todos me contaron cosas que guardo muy dentro. Pero no sabía hasta ese momento que mi bisabuela había perdido un bebé.
- Óyeme, so cabroncito, … estos días se viven en quietud y silencio. En la noche vienen ellos guiados por el olor de familia y el olor de amor, de pan, de tortilla, de guiso, de flores, y por las velas y los rezos. Se llevan con ellos la esencia de los alimentos, así reciben nuestro amor. Pero anoche acarreaste a los retoños de la familia viva y llamaste a Los Niños hacia ti. La feria estuvo rechinando hasta las tres de la mañana, eso me dijo Doña Pau. Siií, sí, ya sé que llegaste mucho antes, te oí. Entonces, imaginando alguna tontería tuya, ¡chachalaca!, ¡que te vi irte con toda la tracalada de primos!, … entonces fui a ver las ofrendas y las hallé igual como las puse. Hasta los caldos estaban aún tibios, los tamales húmedos, los dulces igual de frescos. Los Niños no vinieron a comerlos.
- Abuelita, …
- ¡Shó! … Te los llevaste a jugar, Tilo, y no llegaron a comer …
Mi voz de mi bisabuela, suave, bajita, parecía ahogar un sollozo. Yo sentí mis mejillas enfriarse, mis ojos humedecerse de nuevo, mientras ella continuaba.
- Tengo que esperar otro año para … jugaron hasta el amanecer en la feria, … ¡no probaron ni un bocado …!
- Abue, … ¿qué me estás diciendo?
- ¡Mentecato! ¡¿Cómo te lo puedo decir para que lo entiendas?! … Era la noche de Los Niños Difuntos, tenían que venir a comer, pero se distrajeron con las luces de la feria, a dónde tú los llamaste … No llegaron a sus casas, ¡por tu culpa, pelaná!
Atónito, enmudecido, recordé a los niños que llegaron al final de nuestra noche de parranda infantil, y la absurda antigüedad de sus ropas. Mis pensamientos daban tumbos en círculo.
Seguimos comiendo en silencio, yo sintiendo una creciente pesadumbre y masticando lento, mi garganta cerrándose, mi Chiich calmándose poco a poco.
- ¿Sabes, Tilo? Esos que vivieron antes que tú pero no vivieron mucho tiempo, que se fueron cuando eran niños … a veces, te miran viviendo la vida que ellos no tuvieron, … y te reconocen, te acompañan, te siguen como bebés, porque para ellos tú eres mayor. A lo mejor estuvo bien que te vieran anoche, queriendo y protegiendo a tus primitos…
Mi Chiich se quedó callada un largo instante, mirando el pedazo de tortilla que acariciaba en la mano para formar un bocado. Luego, triste, cariñosa, enfadada, sus ojos severos clavados en los míos, su voz suave pero firme, me advirtió:
- Pero no lo vuelvas a hacer, coñito… Déjalos venir a todos nosotros.
Terminé el rico y trabajoso desayuno (después de todo, el hambre todo lo puede, todo lo sufre, todo lo soporta), tragué de un sorbo el entibiado café, y herido de una curiosidad sin cura, corrí a averiguar si hubo niños en los juegos mecánicos hasta las tres de la mañana, y si la feria siguió abierta hasta esa hora.
Pero la feria había desaparecido. Una explanada de hierba pisoteada era lo que quedaba de su presencia. Pude averiguar que los juegos, sin que nadie los usara, estuvieron rechinando hasta la madrugada. “Fue el viento”, pensé.
Alguien me informó que al salir los grandes camiones de carga por la calle principal, rugiendo a toda prisa hacia el sur, una mujer de la feria dijo que nunca más volverían a este pueblo de espanto. “Ah, bueno”, pensé, “todo el ruido era el de los juegos mecánicos al ser desarmados”.
Días después pregunté a mis primos locales si les había parecido extraño ver aquellos niños desconocidos en la feria, o si por casualidad los conocían. Las respuestas típicas fueron “¿Cuáles niños?”, “Yo no vi a nadie”, “¿A qué hora?”, “¡Pero si sólo éramos nosotros!” Rubén, un querubín de apenas tres años, hijo de mi tía la más locuaz y el menor de todos los presentes aquella noche, fue el único que me dijo “Sí, ¡eran muy bonitos!” Pero no supe si hablaba de los niños o de los juegos mecánicos.
Aún hoy, mi incredulidad se pelea con los recuerdos de mis propios ojos, sin poder explicar con certeza la presencia de aquellos hermosos niños sonrientes. He llegado a pensar que si los inexpertos infantes difuntos conservan la inocencia de Rubén y la completa confianza en sus mayores que tenían al partir, mi Chiich tenía razón al decir que ellos nos siguen, igual que me seguía como hierro al imán mi peloncito Rubén. En momentos serenos, cuando de nuevo llegan las faustas fechas de las visitas, recuerdo con ternura y honro con un anhelo de fe las palabras de mi bisabuela: déjalos venir a todos nosotros.